Cuenta Plutarco que en el año 62 a.C., el patricio romano Publio Clodio Pulcro deseaba a Pompeya Sila, la esposa de Julio César. Tenaz y enamorado, el joven patricio disfrazado de ejecutante de lira, se escabulló en la casa del Pontifex Maximus con el definitivo propósito de acostarse con Pompeya Sila. No lo consiguió: fue apresado antes de hacer sonar la primera cuerda. Lo condenaron por engaño y sacrilegio. A Pompeya Sila no le fue mejor, porque si bien no había sido infiel, cargaba con el hecho de parecerlo. Según Plutarco, Julio César pronunció aquella célebre frase que aún se oye: “No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo”.
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